Latinoamérica está en constante evolución y crecimiento, como lo evidencian las viviendas sociales, aplicables en situaciones generales. Diversos ejemplos existen en un contexto latinoamericano y las soluciones adaptativas trabajan hacia la sostenibilidad a largo plazo y ayudan a conectar a los residentes con su entorno.

Un proyecto es exitoso si es mantenido y amado por sus residentes. El desafío de la vivienda social es un componente importante del crecimiento urbano mundial, y el éxito se medirá en términos humanos: es decir, el bienestar físico y emocional de sus habitantes.

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Barranquilla, Colombia

Un proyecto es exitoso si el tejido urbano se une de una manera saludable e interactiva al resto de la ciudad. Por otro lado, no tendrá éxito si es odiado por sus residentes por varias razones diferentes: desperdicia recursos en la construcción inicial y el mantenimiento, contribuye a la degradación social, aísla a los residentes de la sociedad o decae físicamente en un corto período de tiempo.

Como explica el ingeniero Haiman El Troudi en su artículo “Las ciudades latinoamericanas y su papel en el ecodesarrollo“: Cada entidad urbana precisa definir su propio modelo de ciudad a construir, atendiendo a su especificidad cultural, sus características morfológicas, su historia, su organización social y económica, para ello es primordial establecer mecanismos que posibiliten su evolución en la perspectiva de fundar criterios de inclusión, justicia social, y derecho de todos a la ciudad, de modo que en ella se contenga y expresen los elementos ordenadores de una nueva sociedad”.

El problema no es solo la falta de complejidad física. La clave para la creación de lugares urbanos en Latinoamérica es realmente la relación entre la complejidad de la forma espacial y la complejidad del proceso social. Si fuera solo una cuestión de complejidad física, uno podría imaginar que podría crearse un proceso de arriba hacia abajo para simular esa complejidad, por ejemplo, un algoritmo de computadora.

La analogía del ecosistema

El tejido urbano orgánico es una extensión de la biología humana, mientras que la construcción planificada es una visión artificial del mundo impuesta por la mente humana a la naturaleza. El primero está lleno de vida, pero puede ser pobre e insalubre, mientras que el segundo suele ser limpio y eficiente pero estéril.

Una de estas dos morfologías urbanas contrastantes puede vencer a la otra, o ambas podrían alcanzar algún tipo de coexistencia de equilibrio (como ha ocurrido en la mayor parte de Latinoamérica). En el movimiento por la “autoconstrucción”, el gobierno acepta que los propietarios construyan sus propias casas y proporciona materiales y capacitación para ayudar a establecer las redes de electricidad, agua y alcantarillado.

El Troudi afirma que “el cómo se distribuye la concentración poblacional por tamaño de ciudades en Latinoamérica, pone de manifiesto la relevancia de planificar los impactos esperados por los crecimientos, particularmente, de las ciudades intermedias que advierten procesos de gentrificación de la periferia urbana, al ocupar zonas locales tradicionalmente de vocación agrícola y/o artesanal, lo que produce desplazamientos, metamorfosis social y segregación territorial de ingentes masas sociales“.

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La “vivienda social” es un proyecto de viviendas para los más pobres, construido y financiado por un gobierno u organización no gubernamental. Los ocupantes pueden comprar sus unidades, pero una práctica habitual es alquilarlas con alquileres bajos subsidiados, o incluso proporcionarlos de forma gratuita.

En los últimos casos, los residentes viven allí por “cortesía” de (y están sujetos a diversos grados de control por) la entidad propietaria. Un “asentamiento ilegal”, por otro lado, es un desarrollo de construcción propio en terrenos que no son propiedad de los residentes, y que con frecuencia se ocupan sin permiso.

Dado que los asentamientos son ilegales, el gobierno generalmente se niega a proporcionar los medios para comprar legalmente parcelas individuales de tierra. En la mayoría de los casos, también se niega a conectar esas residencias a la red de servicios públicos (electricidad, agua y alcantarillado) del resto de la ciudad. Como resultado, las condiciones de vida son las peores entre los asentamientos en tiempos de paz.

La vivienda social y los asentamientos ilegales son regiones donde viven más de mil millones de los más pobres del mundo. La vivienda para los pobres representa el nivel más bajo del ecosistema urbano no solo en Latinoamérica, sino del mundo. Las diferentes fuerzas dentro de la sociedad humana generan ambos tipos de sistemas urbanos: viviendas sociales patrocinadas por el gobierno o asentamientos ilegales.

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Casco Viejo, Sucre, Bolivia

Competencia de especies

La analogía del ecosistema también explica, y hasta cierto punto justifica, la vigilancia por la cual los gobiernos evitan que los asentamientos ilegales invadan el resto de la ciudad. Si no está restringido por la ley y la intervención directa, los ocupantes ilegales se mudan a tierras privadas y públicas.

Es una competencia de especies por el mismo espacio disponible. Cada especie (tipología urbana) quiere desplazar a todas las demás. Los asentamientos ilegales pueden apoderarse de toda la ciudad si se les permite hacerlo. El gobierno, a su vez, quisiera despejar todos los asentamientos ilegales. Los gobiernos de todo el mundo asumen que deben construir viviendas planificadas para reemplazar las viviendas construidas por sus propietarios. Esto es demasiado caro para ser factible.

Como todos los sistemas verdaderamente orgánicos, las ciudades están mejor sin control central. Sin embargo, acomodar sistemas urbanos nunca se convirtió en una práctica estándar.

Los proyectos en Latinoamérica requieren intervenciones, comenzando desde cero para generar verdaderos proyectos de vivienda. El mismo proceso dinámico también se puede aplicar a entornos ya construidos, en la búsqueda de adaptar un gran número de proyectos de viviendas informales no planificadas, llevándolos a condiciones de vida aceptables.

O como explica El Troudi: “Preocuparse por el espacio público obliga a pensar el territorio urbano tanto como recurso, como producto y también como práctica societal; por ello, las ciudades son zonas que sintetizan lo sensorial, lo estético, lo social, lo político, lo cultural, lo patrimonial, lo simbólico, lo mercantil, lo comunicacional y lo comunal. No entenderlo como un todo holístico constituye un reduccionismo procaz. Poco menos viene ocurriendo, tanto en la concepción de las autoridades gubernamentales, como en la opinión pública, las lógicas corporativistas y las propias comunidades”.


Respecto a Haiman El Troudi: ingeniero de Sistemas, egresado de la Universidad de los Andes en Venezuela, planificador, investigador, docente y escritor. Conoce más


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March 20, 2019

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